José Bravo Valero y otro hombre,  que eran pastores, robaron supuestamente una brújula de una casa de minas que tenía una ventana rota, y los denunciaron porque eran los que siempre merodeaban por esa zona y eran sospechosos.

Este tal José era huérfano y el otro, un tal Baltasar, era hijo del alcalde y estaba protegido por el Ayuntamiento. La Guardia civil empezó a pegarle a José para que confesara, y harto de castigo le suplicó a la Guardia que no le pegara más,  que iba a sacar el aparato robado.

 José fue con un nuevo Guardia civil al pueblo por una vereda por la sierra, hacia las minas. Al pasar por la boca de un pozo, el muchacho dijo ”aquí lo tengo” y saltó al pozo. El guardia asustado bajó corriendo a la oficina y dijo que el muchacho se había suicidado. Al día siguiente empezaron la búsqueda del cuerpo dentro de la mina,  y por una galería secundaria llegaron al final del pozo, y no encontraron restos ninguno. Empezaron a llamarlo desde arriba y el tal José contestó.  Bajaron una cuerda y lo subieron.  Una vez arriba dijeron que lanzasen otra para la mujer que había abajo con él, porque él había quedado toda la noche sentado en un madero que conducía el ascensor minero.  Nada más haber cogido al muchacho,  toda la estructura de madera se  desplomó sin rastro de ninguna mujer.

Dijeron que había sido conmoción a causa del golpe, pero él siempre insistió que la Virgen había estado toda la noche iluminándolo y amparándolo.

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Minerva Ávila Muñoz y Eugenio Martínez Haro, 1.0 out of 10 based on 1 rating